domingo, 7 de abril de 2013

Las hazañas de Sigfrido

Toda la selva retemblaba bajo el eco de los martillazos que los Nibelungos daban sobre el yunque, en su morada secreta del fondo del Rhin.
Durante todo el día, aquellos enanos martilleaban y trabajaban el metal en sus diminutas forjas.

Ningún ser humano había puesto los pies en su reino. Pero un día el enano Mimer, uno de los jefes de los Nibelungos, regresó con un visitante, un príncipe joven y apuesto llamado Sigfrido. Hijo del rey de los Países Bajos, Sigfrido fue confiado al cuidado del enano por sus padres, temerosos de que invasores enemigos pudieran matar al joven príncipe.

Bajo la tutela de Mimer, Sigfrido trabajaba muchas horas al día en la forja y, con tan duro ejercicio, iba adquiriendo cada vez mayor corpulencia y fortaleza. Sus poderosos martillazos hacían retemblar la tierra y balancearse y estremecerse las copas de los árboles. Pero Mimer, que era de genio vivo e impaciente, terminó por cansarse de su pupilo y decidió librarse de él.

En una caverna cercana vivía el terrible dragón Fafnir, cuya boca arrojaba llamas capaces de convertir en cenizas a un hombre. Para que Sigfrido se hallara expuesto a este peligro, el perverso enano lo envió a un recado, sabiendo que sus pasos lo llevarían cerca de la guarida del dragón.
Efectivamente, éste oyó las pisadas de Sigfrido cuando se aproximaba por el sendero, en ese momento el dragón atacó al joven príncipe. Pero Sigfrido, armado con una espada de agudo filo templada en la fragua del enano, atacó sin miedo al monstruo y le dio muerte, clavándole el acero en el corazón.

Entonces, como había oído decir a los enanos que quien se bañara en la sangre del dragón jamás sufriría daño alguno, se puso bajo la herida, hasta que la sangre que manaba a borbotones lo cubrió de pies a cabe  za. Pero no advirtió que, mientras de tal modo se bañaba, una hoja había ido a posarse entre sus paletillas, impidiendo que la sangre del dragón lo cubriera en aquel punto, que se convirtió en el único vulnerable de su cuerpo.

Furioso Sigfrido por la traición del enano, pues comprendió claramente que éste le había preparado una trampa para arrastrarlo a su perdición, regresó al bosque.
Allí encontró a Mimer, el cual se hallaba trabajando en su yunque. Desenvainó la espada y lo mató.
Sigfrido abandonó el bosque y partió por el mundo, llegando finalmente a Islandia, país de Brunhilda, una bella reina guerrera. Muchos fueron los pretendientes que la cortejaron, pero ella negó su mano a quien no pudiera vencerla en pruebas de fuerza y destreza. Quién quisiera ser su marido tenía que vencerla en el combate, arrojar una pesada piedra más lejos que ella y aventajarla en el salto.

Sigfrido, para quien la reina era indiferente, no quiso competir con ella y prosiguió su viaje. Volvió a encontrar por el camino a los Nibelungos. Tras diversas y accidentadas aventuras, los obligó a que le entregaran un fabuloso tesoro y una capa mágica que tenía la virtud de conferir la invisibilidad a quien se la pusiera.

Poco después llegó a Borgoña. Allí en la corte del rey Gunther, conoció a la bella hermana del rey, Krimhilda, de la cual se enamoró rendidamente. En cuanto al rey, estaba enamorado de la belicosa Brunhilda, reina de las Valquirias, a la cual Sigfrido había despreciado.
Antes de otorgar a Sigfrido el consentimiento para que se casara con su hermana, Gunther solicitó su ayuda para conquistar a Brunhilda.

Accedió Sigfrido y en compañía de Gunther emprendió un nuevo viaje a Islandia. Brunhilda dio la bienvenida a Gunther y le invitó a competir con ella en tres difíciles pruebas de destreza. Pero el corazón de la reina de las Valquirias permaneció frío y hostil hacia Sigfrido, pues no olvidaba que la había despreciado.

Comenzó la competición. Sigfrido, invisible gracias a la capa que le había arrebatado a los Nibelungos, ayudó a Gunther, sin que Brunhilda lo viera. Así, el rey venció a Brunhilda en las diversas pruebas y le pidió que le concediera su mano. Cuando regresaron a Borgoña, Gunther accedió a que su hermana Krimhilda se casara con Sigfrido. Durante las nupcias, Sigfrido ofreció a la desposada los inmensos tesoros que habría logrado arrebatar a los Nibelungos.

Unos años después, Sigfrido y Krimhilda, que ya compartían el trono de los Países Bajos, volvieron a Borgoña, como invitados de Gunther y Brunhilda. Se organizó una magnífica fiesta en honor de los visitantes. Sigfrido y Gunther salieron a la liza, para enfrentarse en un torneo.
Las dos reinas, contemplaban la justa, angustiadas y en tensión. Como ambas deseaban el triunfo de sus respectivos esposos, empezaron a discutir. Durante la discusión, Krimhilda, furiosa por el tono burlón con que Brunhilda hablaba de Sigfrido, reveló a ésta que su marido, invisible, había ayudado a Gunther a vencerla.

Sedienta de venganza, Brunhilda maquinó en secreto matar a Sigfrido de acuerdo con Hagen, tío de Gunther. Se había enterado, por una indiscreción de Brunhilda, que el único punto vulnerable de Sigfrido se encontraba entre sus paletillas. Consiguió que su cuñada bordara una cruz de seda en las ropas de Sigfrido, para señalar el punto vulnerable  a fin de "protegerlo".
Luego hizo que Hagen tendiese una emboscada a Sigfrido. Cuando el héroe se inclinó a beber en un arroyo, el malvado Hagen, guiado por la cruz de seda, se apresuró a clavar una lanza en la espada de Sigfrido y le dio muerte.

Durante muchos años, Krimhilda acarició el proyecto de vengar la muerte de Sigfrido. Volvió a contraer matrimonio, esta vez con el rey Etzel, quien accedió a ayudarla en sus planes.
Creyendo que el tiempo había curado con su bálsamo las heridas de su hermana, Gunther y el malvado Hagen aceptaron la invitación de ir a visitarla a su palacio.
Durante la recepción, estalló un feroz altercado entre los hombres del séquito de Krimhilda y los borgoñones. En la refriega que siguió, Krimhilda mató con su propia mano al pérfido Hagen.
 



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